El envejecimiento no irrumpe de golpe: se desliza con discreción en los pliegues de nuestra biología. Un día descubrimos que la pisada es menos firme, que el equilibrio vacila, que la agilidad se vuelve más esquiva. Durante décadas, la ciencia asumió este declive motor como un destino inevitable, un epílogo natural de la vida. Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad McGill ilumina un mecanismo concreto que traduce el paso del tiempo con torpeza corporal. El trabajo, liderado por Eviatar Fields en el laboratorio de la profesora Alanna Watt, identifica un vínculo causal entre la disminución de la actividad eléctrica de ciertas neuronas del cerebelo (las células de Purkinje) y el deterioro de la coordinación motora. Publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences , el estudio no solo describe un fenómeno asociado a la edad, sino que demuestra que modular la actividad neuronal puede revertir parcialmente sus efectos en modelos animales. El latido eléctrico del movimiento El cerebelo, esa estructura situada en la parte posterior del cerebro, es el gran afinador del gesto. No inicia los movimientos, pero los corrige, los ajusta y los sincroniza. En su interior, las células de Purkinje actúan como nodos maestros: integran información sensorial y señales internas del cuerpo para emitir órdenes de precisión. A diferencia de muchas neuronas, estas células poseen la capacidad de disparar impulsos eléctricos de forma espontánea. Ese fuego intrínseco y rítmico es esencial para mantener la armonía motora. Para examinar cómo la edad altera este patrón, los investigadores estudiaron ratones jóvenes (dos meses) y ancianos (entre 18 y 24 meses). Las diferencias fueron evidentes: los animales mayores cruzaban con mayor dificultad una viga elevada y abandonaban antes la prueba del Rotarod, una barra giratoria que exige equilibrio y coordinación. Estos déficits reproducen, a pequeña escala, el deterioro observado en humanos. El siguiente paso fue más revelador. Mediante registros electrofisiológicos, el equipo comprobó que las células de Purkinje de los ratones ancianos disparaban con menor frecuencia. No se trataba solo de una correlación: la actividad eléctrica había menguado de forma significativa. Y en ese descenso latía una sospecha poderosa: ¿y si la pérdida de coordinación no fuera simplemente consecuencia de la edad, sino del debilitamiento de este pulso neuronal? Manipular el tiempo en el laboratorio Para poner a prueba la hipótesis, los investigadores recurrieron a una herramienta genética conocida como DREADD (receptores diseñados que se activan exclusivamente con fármacos específicos). Este sistema permite aumentar o disminuir la excitabilidad neuronal con precisión quirúrgica. En ratones jóvenes, los científicos redujeron artificialmente la frecuencia de disparo de las células de Purkinje, imitando el patrón observado en los animales envejecidos. El resultado fue contundente: los jóvenes manipulados descendían antes del Rotarod que sus pares intactos. En otras palabras, al “envejecer” eléctricamente sus neuronas, su desempeño motor también envejecía. El experimento inverso ofreció un espejo esperanzador. Al incrementar la actividad de las células de Purkinje en ratones ancianos, estos lograron permanecer más tiempo sobre la barra giratoria. La coordinación mejoró. Reactivar el pulso neuronal restauraba, al menos en parte, la destreza perdida. Una segunda prueba reforzó la conclusión. Tras aprender a tirar de una cuerda de un metro para obtener un premio alimenticio, los ratones mayores cometían más errores que los jóvenes. Sin embargo, cuando se estimuló la actividad de sus neuronas cerebelosas, los fallos disminuyeron de forma notable. La evidencia apuntaba en la misma dirección: la reducción del disparo espontáneo de las células de Purkinje no era un epifenómeno, sino un motor directo del deterioro. Más allá del laboratorio: caídas y calidad de vida Las implicaciones trascienden el modelo animal. La pérdida de coordinación en la vejez no es un simple inconveniente: está asociada a un aumento en la frecuencia de caídas, uno de los principales factores de discapacidad en personas mayores. Una fractura puede cambiarlo todo : autonomía, movilidad, incluso esperanza de vida. Comprender el mecanismo neural que subyace a este declive abre la puerta a estrategias terapéuticas orientadas no solo a tratar, sino a prevenir. Además, alteraciones similares en la actividad cerebelosa han sido descritas en trastornos neurodegenerativos como la enfermedad de Alzheimer. Si la disfunción de las células de Purkinje contribuye tanto al envejecimiento normal como a patologías más graves, intervenir sobre su excitabilidad podría tener efectos amplificados. El hallazgo sugiere que el envejecimiento motor no es una marea inevitable, sino un proceso biológicamente modulable. La coordinación motora ha sido históricamente menos explorada en la investigación sobre envejecimiento que la memoria o la cognición. Sin embargo, en una población global cada vez más longeva, preservar la movilidad es preservar la independencia. Y la independencia, en última instancia, es dignidad.
Muchas personas creen que lucen o se sienten más jóvenes que quienes comparten su edad, pero ¿es esto una percepción real o una ilusión psicológica? Según explicó la psicóloga Leticia Martín Enjuto a la revista 'CuerpoMente', este fenómeno puede estar relacionado con factores como el edadismo, la ansiedad ante el envejecimiento y el entorno social. Por su parte, un estudio citado por 'The Guardian' muestra que el 59 por ciento de los adultos entre 50 y 80 años en Estados Unidos creen verse más jóvenes que sus pares, aunque en muchos casos esta creencia podría no reflejar la realidad. El impacto de la autopercepción en la edad subjetiva De acuerdo con la psicóloga Leticia Martín Enjuto, entrevistada por 'CuerpoMente', la percepción de ser más joven que los demás de la misma edad puede deberse a una actitud psicológica de rechazo al envejecimiento. Esta actitud, conocida como midorexia, implica la resistencia a aceptar el paso del tiempo, lo cual puede traducirse en un estilo de vida, vestimenta y comportamiento más juvenil. No obstante, esta percepción puede también esconder una ansiedad más profunda relacionada con el temor a envejecer e incluso con el miedo a la muerte. “La percepción de una edad subjetiva menor puede actuar como un mecanismo de defensa psicológico”, explicó la experta. El papel del entorno social y cultural El entorno también influye significativamente en la forma en que cada persona percibe su edad. Martín Enjuto señala que contar con apoyo social y formar parte de círculos que proyectan una imagen positiva del envejecimiento puede reforzar una percepción más sana y flexible del paso del tiempo. En contraste, rodearse de personas con actitudes más pasivas o negativas puede contribuir a una visión más deteriorada de uno mismo. ¿Mente joven, cuerpo joven? Más allá de los factores psicológicos defensivos, sentirse “joven de alma” también puede tener fundamentos positivos. Según la misma psicóloga, mantener una mentalidad abierta, curiosa y resiliente está asociado con un menor deterioro cognitivo y una mejor adaptación emocional. Este tipo de mentalidad activa incluso regiones del cerebro relacionadas con la atención y la percepción, como el sistema reticular, lo que puede reforzar la idea de juventud percibida. Percepción vs. realidad: lo que dice la ciencia Una encuesta citada por 'The Guardian', basada en un estudio publicado en la revista 'Psychology and Aging', reveló que casi seis de cada diez adultos estadounidenses entre los 50 y los 80 años creen verse más jóvenes que otros de su misma edad. Solo el 6 por ciento considera que aparenta más años de los que tiene. El informe señala que este fenómeno puede estar influenciado por mecanismos mentales de negación de la vejez y de la mortalidad. También destaca que las mujeres y las personas con mayores ingresos tienden más a considerarse más jóvenes. Sin embargo, esta percepción podría no coincidir con la realidad, y se ve amplificada por estereotipos edadistas que muchas veces se interiorizan desde edades tempranas. Los riesgos del edadismo interiorizado El mismo artículo advierte sobre los peligros del edadismo autoinfligido. Según datos citados, más del 80 por ciento de los adultos mayores han adoptado estereotipos negativos sobre el envejecimiento. Esta visión puede tener efectos negativos no solo en la autoestima, sino también en la salud. Un estudio de 2002 citado por 'The Guardian' encontró que las personas con percepciones más positivas sobre su envejecimiento vivían, en promedio, 7,5 años más que aquellas con visiones negativas. La percepción de verse más joven que los demás puede ser un síntoma de salud mental positiva o, por el contrario, una señal de miedo o negación del envejecimiento. La clave, según los expertos, está en mantener una mente abierta, aceptar el paso del tiempo y rodearse de entornos que valoren la vitalidad más allá de la edad.
El envejecimiento no irrumpe de golpe: se desliza con discreción en los pliegues de nuestra biología. Un día descubrimos que la pisada es menos firme, que el equilibrio vacila, que la agilidad se vuelve más esquiva. Durante décadas, la ciencia asumió este declive motor como un destino inevitable, un epílogo natural de la vida. Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad McGill ilumina un mecanismo concreto que traduce el paso del tiempo con torpeza corporal. El trabajo, liderado por Eviatar Fields en el laboratorio de la profesora Alanna Watt, identifica un vínculo causal entre la disminución de la actividad eléctrica de ciertas neuronas del cerebelo (las células de Purkinje) y el deterioro de la coordinación motora. Publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences , el estudio no solo describe un fenómeno asociado a la edad, sino que demuestra que modular la actividad neuronal puede revertir parcialmente sus efectos en modelos animales. El latido eléctrico del movimiento El cerebelo, esa estructura situada en la parte posterior del cerebro, es el gran afinador del gesto. No inicia los movimientos, pero los corrige, los ajusta y los sincroniza. En su interior, las células de Purkinje actúan como nodos maestros: integran información sensorial y señales internas del cuerpo para emitir órdenes de precisión. A diferencia de muchas neuronas, estas células poseen la capacidad de disparar impulsos eléctricos de forma espontánea. Ese fuego intrínseco y rítmico es esencial para mantener la armonía motora. Para examinar cómo la edad altera este patrón, los investigadores estudiaron ratones jóvenes (dos meses) y ancianos (entre 18 y 24 meses). Las diferencias fueron evidentes: los animales mayores cruzaban con mayor dificultad una viga elevada y abandonaban antes la prueba del Rotarod, una barra giratoria que exige equilibrio y coordinación. Estos déficits reproducen, a pequeña escala, el deterioro observado en humanos. El siguiente paso fue más revelador. Mediante registros electrofisiológicos, el equipo comprobó que las células de Purkinje de los ratones ancianos disparaban con menor frecuencia. No se trataba solo de una correlación: la actividad eléctrica había menguado de forma significativa. Y en ese descenso latía una sospecha poderosa: ¿y si la pérdida de coordinación no fuera simplemente consecuencia de la edad, sino del debilitamiento de este pulso neuronal? Manipular el tiempo en el laboratorio Para poner a prueba la hipótesis, los investigadores recurrieron a una herramienta genética conocida como DREADD (receptores diseñados que se activan exclusivamente con fármacos específicos). Este sistema permite aumentar o disminuir la excitabilidad neuronal con precisión quirúrgica. En ratones jóvenes, los científicos redujeron artificialmente la frecuencia de disparo de las células de Purkinje, imitando el patrón observado en los animales envejecidos. El resultado fue contundente: los jóvenes manipulados descendían antes del Rotarod que sus pares intactos. En otras palabras, al “envejecer” eléctricamente sus neuronas, su desempeño motor también envejecía. El experimento inverso ofreció un espejo esperanzador. Al incrementar la actividad de las células de Purkinje en ratones ancianos, estos lograron permanecer más tiempo sobre la barra giratoria. La coordinación mejoró. Reactivar el pulso neuronal restauraba, al menos en parte, la destreza perdida. Una segunda prueba reforzó la conclusión. Tras aprender a tirar de una cuerda de un metro para obtener un premio alimenticio, los ratones mayores cometían más errores que los jóvenes. Sin embargo, cuando se estimuló la actividad de sus neuronas cerebelosas, los fallos disminuyeron de forma notable. La evidencia apuntaba en la misma dirección: la reducción del disparo espontáneo de las células de Purkinje no era un epifenómeno, sino un motor directo del deterioro. Más allá del laboratorio: caídas y calidad de vida Las implicaciones trascienden el modelo animal. La pérdida de coordinación en la vejez no es un simple inconveniente: está asociada a un aumento en la frecuencia de caídas, uno de los principales factores de discapacidad en personas mayores. Una fractura puede cambiarlo todo : autonomía, movilidad, incluso esperanza de vida. Comprender el mecanismo neural que subyace a este declive abre la puerta a estrategias terapéuticas orientadas no solo a tratar, sino a prevenir. Además, alteraciones similares en la actividad cerebelosa han sido descritas en trastornos neurodegenerativos como la enfermedad de Alzheimer. Si la disfunción de las células de Purkinje contribuye tanto al envejecimiento normal como a patologías más graves, intervenir sobre su excitabilidad podría tener efectos amplificados. El hallazgo sugiere que el envejecimiento motor no es una marea inevitable, sino un proceso biológicamente modulable. La coordinación motora ha sido históricamente menos explorada en la investigación sobre envejecimiento que la memoria o la cognición. Sin embargo, en una población global cada vez más longeva, preservar la movilidad es preservar la independencia. Y la independencia, en última instancia, es dignidad.
Muchas personas creen que lucen o se sienten más jóvenes que quienes comparten su edad, pero ¿es esto una percepción real o una ilusión psicológica? Según explicó la psicóloga Leticia Martín Enjuto a la revista 'CuerpoMente', este fenómeno puede estar relacionado con factores como el edadismo, la ansiedad ante el envejecimiento y el entorno social. Por su parte, un estudio citado por 'The Guardian' muestra que el 59 por ciento de los adultos entre 50 y 80 años en Estados Unidos creen verse más jóvenes que sus pares, aunque en muchos casos esta creencia podría no reflejar la realidad. El impacto de la autopercepción en la edad subjetiva De acuerdo con la psicóloga Leticia Martín Enjuto, entrevistada por 'CuerpoMente', la percepción de ser más joven que los demás de la misma edad puede deberse a una actitud psicológica de rechazo al envejecimiento. Esta actitud, conocida como midorexia, implica la resistencia a aceptar el paso del tiempo, lo cual puede traducirse en un estilo de vida, vestimenta y comportamiento más juvenil. No obstante, esta percepción puede también esconder una ansiedad más profunda relacionada con el temor a envejecer e incluso con el miedo a la muerte. “La percepción de una edad subjetiva menor puede actuar como un mecanismo de defensa psicológico”, explicó la experta. El papel del entorno social y cultural El entorno también influye significativamente en la forma en que cada persona percibe su edad. Martín Enjuto señala que contar con apoyo social y formar parte de círculos que proyectan una imagen positiva del envejecimiento puede reforzar una percepción más sana y flexible del paso del tiempo. En contraste, rodearse de personas con actitudes más pasivas o negativas puede contribuir a una visión más deteriorada de uno mismo. ¿Mente joven, cuerpo joven? Más allá de los factores psicológicos defensivos, sentirse “joven de alma” también puede tener fundamentos positivos. Según la misma psicóloga, mantener una mentalidad abierta, curiosa y resiliente está asociado con un menor deterioro cognitivo y una mejor adaptación emocional. Este tipo de mentalidad activa incluso regiones del cerebro relacionadas con la atención y la percepción, como el sistema reticular, lo que puede reforzar la idea de juventud percibida. Percepción vs. realidad: lo que dice la ciencia Una encuesta citada por 'The Guardian', basada en un estudio publicado en la revista 'Psychology and Aging', reveló que casi seis de cada diez adultos estadounidenses entre los 50 y los 80 años creen verse más jóvenes que otros de su misma edad. Solo el 6 por ciento considera que aparenta más años de los que tiene. El informe señala que este fenómeno puede estar influenciado por mecanismos mentales de negación de la vejez y de la mortalidad. También destaca que las mujeres y las personas con mayores ingresos tienden más a considerarse más jóvenes. Sin embargo, esta percepción podría no coincidir con la realidad, y se ve amplificada por estereotipos edadistas que muchas veces se interiorizan desde edades tempranas. Los riesgos del edadismo interiorizado El mismo artículo advierte sobre los peligros del edadismo autoinfligido. Según datos citados, más del 80 por ciento de los adultos mayores han adoptado estereotipos negativos sobre el envejecimiento. Esta visión puede tener efectos negativos no solo en la autoestima, sino también en la salud. Un estudio de 2002 citado por 'The Guardian' encontró que las personas con percepciones más positivas sobre su envejecimiento vivían, en promedio, 7,5 años más que aquellas con visiones negativas. La percepción de verse más joven que los demás puede ser un síntoma de salud mental positiva o, por el contrario, una señal de miedo o negación del envejecimiento. La clave, según los expertos, está en mantener una mente abierta, aceptar el paso del tiempo y rodearse de entornos que valoren la vitalidad más allá de la edad.