Un reciente estudio publicado en PLOS Medicine revela que la calidad del sueño, más que la cantidad de horas dormidas, puede tener un impacto significativo en la salud a largo plazo. La investigación analizó los patrones de sueño de 95,559 participantes del UK Biobank y encontró que una mayor cantidad de sueño REM se asociaba con un menor riesgo de desarrollar 83 enfermedades. Los resultados destacan la importancia del sueño profundo, la regularidad del descanso y la duración total de cada noche. Para llevar a cabo el estudio, los participantes utilizaron acelerómetros en la muñeca durante siete días y noches consecutivos. Posteriormente, fueron seguidos durante una mediana de 8.9 años para comparar esos patrones con 1,049 resultados de salud. Según el estudio, una mayor cantidad de sueño REM se relacionó con un menor riesgo de 83 enfermedades pertenecientes a 12 categorías diferentes, incluyendo insuficiencia cardiaca, demencia y parkinsonismo. Asimismo, el sueño profundo mostró asociaciones favorables con siete padecimientos como diabetes tipo 2 y depresión mayor. La duración total del descanso también resultó ser un factor determinante. Para la mayoría de las enfermedades analizadas, los niveles de menor riesgo se encontraron entre seis y ocho horas de sueño por noche. Por otro lado, aquellos que dormían menos de cinco horas presentaron un mayor riesgo en 37 enfermedades. El estudio también señaló que una mayor irregularidad en el sueño y pasar más tiempo despierto después de haberse dormido estuvieron asociados con un mayor riesgo de ciertos padecimientos. Sin embargo, los investigadores advierten que estos resultados deben interpretarse con cautela. A pesar de las asociaciones encontradas, el estudio es observacional y no demuestra que una mayor cantidad de sueño REM o profundo sea la causa directa de una reducción del riesgo. Además, las fases del sueño fueron estimadas a partir de datos obtenidos mediante dispositivos colocados en la muñeca y un algoritmo, lo que podría limitar la precisión de los resultados. En resumen, este trabajo destaca la importancia de considerar diversos componentes del sueño más allá de simplemente sumar horas cada noche. La duración, las fases, la regularidad y las interrupciones juegan un papel crucial en la salud general relacionada con el descanso nocturno. Fuente: Publimetro
Dormir es clave, de eso no hay duda. Pero hacerlo no significa quedar en un “estado de pausa” ni menos bajar un switch para ahorrar energía. Mientras descansamos, el cerebro realiza un trabajo fundamental: clasifica información, refuerza la memoria e inicia un proceso de mantenimiento necesario para preservar las neuronas. Hoy, diversos estudios muestran que este mecanismo aparece cada vez más ligado a enfermedades que antes parecían inevitables con la edad, y que se han vuelto parte central de la discusión sobre salud mental y envejecimiento. Ese proceso de limpieza se ha asociado al sistema glinfático, encargado de la liberación de toxinas y desechos metabólicos del cerebro, “que durante el sueño funciona de manera más eficiente y ayuda a remover compuestos como los beta-amiloide y tau”, plantea Roberto Ferreira, especialista en neurociencia cognitiva y académico de la Universidad de Talca. La acumulación anómala de estas proteínas es determinante en el comienzo de la enfermedad de Alzheimer. Por eso, dormir bien funciona como un filtro natural. Y aunque Ferreira dice que no sería cauto afirmar que dormir mal causa Alzheimer de forma directa, “sí hay cada vez más evidencia de que la mala calidad y la fragmentación crónica del sueño pueden favorecer un entorno biológico menos saludable para el cerebro”. Desde la vereda de la geriatría, en tanto, los expertos coinciden en que el sueño es clave para la mantención de la salud cognitiva, aunque este punto suele descuidarse bajo la idea incorrecta de que al envejecer se duerme mal por defecto. Las alteraciones del sueño “no solamente alteran la calidad de vida; también pueden disminuir el ánimo, porque las personas están más cansadas, dejan de salir, dejan de hacer vida social y eso impacta también en otras cosas. Además, podrían aumentar el riesgo de deterioro cognitivo y de demencia ”, asegura Cynthia Zavala, médica psiquiatra y directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello (UNAB). Dormir con pastillas no es dormir bien Actualmente, uno de los mayores desafíos para la ciencia es establecer la diferencia entre un descanso fisiológico y uno forzado con fármacos. Esto, porque las benzodiacepinas, los llamados ‘hipnóticos’ y algunos antihistamínicos suelen inducir sueño, pero de menor calidad, con fragmentación y somnolencia residual al día siguiente. Esta calidad inferior impide que los procesos de restauración cerebral se completen de manera óptima.
Un reciente estudio publicado en PLOS Medicine revela que la calidad del sueño, más que la cantidad de horas dormidas, puede tener un impacto significativo en la salud a largo plazo. La investigación analizó los patrones de sueño de 95,559 participantes del UK Biobank y encontró que una mayor cantidad de sueño REM se asociaba con un menor riesgo de desarrollar 83 enfermedades. Los resultados destacan la importancia del sueño profundo, la regularidad del descanso y la duración total de cada noche. Para llevar a cabo el estudio, los participantes utilizaron acelerómetros en la muñeca durante siete días y noches consecutivos. Posteriormente, fueron seguidos durante una mediana de 8.9 años para comparar esos patrones con 1,049 resultados de salud. Según el estudio, una mayor cantidad de sueño REM se relacionó con un menor riesgo de 83 enfermedades pertenecientes a 12 categorías diferentes, incluyendo insuficiencia cardiaca, demencia y parkinsonismo. Asimismo, el sueño profundo mostró asociaciones favorables con siete padecimientos como diabetes tipo 2 y depresión mayor. La duración total del descanso también resultó ser un factor determinante. Para la mayoría de las enfermedades analizadas, los niveles de menor riesgo se encontraron entre seis y ocho horas de sueño por noche. Por otro lado, aquellos que dormían menos de cinco horas presentaron un mayor riesgo en 37 enfermedades. El estudio también señaló que una mayor irregularidad en el sueño y pasar más tiempo despierto después de haberse dormido estuvieron asociados con un mayor riesgo de ciertos padecimientos. Sin embargo, los investigadores advierten que estos resultados deben interpretarse con cautela. A pesar de las asociaciones encontradas, el estudio es observacional y no demuestra que una mayor cantidad de sueño REM o profundo sea la causa directa de una reducción del riesgo. Además, las fases del sueño fueron estimadas a partir de datos obtenidos mediante dispositivos colocados en la muñeca y un algoritmo, lo que podría limitar la precisión de los resultados. En resumen, este trabajo destaca la importancia de considerar diversos componentes del sueño más allá de simplemente sumar horas cada noche. La duración, las fases, la regularidad y las interrupciones juegan un papel crucial en la salud general relacionada con el descanso nocturno. Fuente: Publimetro
Dormir es clave, de eso no hay duda. Pero hacerlo no significa quedar en un “estado de pausa” ni menos bajar un switch para ahorrar energía. Mientras descansamos, el cerebro realiza un trabajo fundamental: clasifica información, refuerza la memoria e inicia un proceso de mantenimiento necesario para preservar las neuronas. Hoy, diversos estudios muestran que este mecanismo aparece cada vez más ligado a enfermedades que antes parecían inevitables con la edad, y que se han vuelto parte central de la discusión sobre salud mental y envejecimiento. Ese proceso de limpieza se ha asociado al sistema glinfático, encargado de la liberación de toxinas y desechos metabólicos del cerebro, “que durante el sueño funciona de manera más eficiente y ayuda a remover compuestos como los beta-amiloide y tau”, plantea Roberto Ferreira, especialista en neurociencia cognitiva y académico de la Universidad de Talca. La acumulación anómala de estas proteínas es determinante en el comienzo de la enfermedad de Alzheimer. Por eso, dormir bien funciona como un filtro natural. Y aunque Ferreira dice que no sería cauto afirmar que dormir mal causa Alzheimer de forma directa, “sí hay cada vez más evidencia de que la mala calidad y la fragmentación crónica del sueño pueden favorecer un entorno biológico menos saludable para el cerebro”. Desde la vereda de la geriatría, en tanto, los expertos coinciden en que el sueño es clave para la mantención de la salud cognitiva, aunque este punto suele descuidarse bajo la idea incorrecta de que al envejecer se duerme mal por defecto. Las alteraciones del sueño “no solamente alteran la calidad de vida; también pueden disminuir el ánimo, porque las personas están más cansadas, dejan de salir, dejan de hacer vida social y eso impacta también en otras cosas. Además, podrían aumentar el riesgo de deterioro cognitivo y de demencia ”, asegura Cynthia Zavala, médica psiquiatra y directora de la Escuela de Medicina de la Universidad Andrés Bello (UNAB). Dormir con pastillas no es dormir bien Actualmente, uno de los mayores desafíos para la ciencia es establecer la diferencia entre un descanso fisiológico y uno forzado con fármacos. Esto, porque las benzodiacepinas, los llamados ‘hipnóticos’ y algunos antihistamínicos suelen inducir sueño, pero de menor calidad, con fragmentación y somnolencia residual al día siguiente. Esta calidad inferior impide que los procesos de restauración cerebral se completen de manera óptima.