Robots y humanos han vuelto a medirse por segundo año consecutivo en la media maratón celebrada en Pekín en un evento arropado con entusiasmo por el público. La carrera forma parte de la estrategia de China para impulsar la robótica humanoide como industria. El objetivo es realizar las pruebas en entornos reales para acelerar su desarrollo y evaluar su posible aplicación en ámbitos como la asistencia o los servicios. Promover la investigación, la industria y la aplicación a través de la competición es el objetivo central, ha asegurado un responsable del área de desarrollo tecnológico. La carrera ha servido de escaparate para nuevas aplicaciones, como un robot de tráfico que debutó en el recorrido dando indicaciones a los corredores y que las autoridades prevén incorporar de forma progresiva a tareas de gestión urbana. El evento ha combinado robots con navegación autónoma y otros guiados de forma remota, en una competición con clasificación unificada que pondera los resultados según el grado de intervención humana, con el objetivo de incentivar el desarrollo de soluciones capaces de operar sin asistencia. Entre los participantes figuraron también equipos internacionales procedentes de instituciones como la Universidad Técnica de Múnich (Alemania) o la Universidad Paris-Saclay (Francia), además de formaciones conjuntas con Macao y Brasil. Shandian, el primero en llegar Los robots humanoides han rebajado este domingo en casi dos horas la marca del ganador del año pasado en la media maratón de Pekín, donde el equipo autónomo 'Qitian Dasheng' se impuso con un tiempo de 50 minutos y 26 segundos, tras una carrera en la que la máquina más rápida en cruzar la meta compitió bajo control remoto. El robot 'Shandian' (relámpago en chino mandarín), también de la empresa Honor, fue el primero en completar los 21 kilómetros con un tiempo neto de 48 minutos y 19 segundos, a pesar de caerse a apenas 100 metros de la línea de meta, pero su resultado quedó por detrás al aplicarse el coeficiente previsto en el reglamento para los equipos no autónomos, que penaliza su marca en la clasificación final. En concreto, las marcas de los robots controlados a distancia se multiplican por 1,2 en la clasificación, lo que relega su posición frente a los sistemas autónomos con tiempos similares. La prueba, celebrada en el distrito tecnológico de Yizhuang de la capital china, reunió a más de un centenar de equipos de robots humanoides junto a unos 12.000 corredores humanos de acuerdo a la organización, en un recorrido urbano de 21,0975 kilómetros, en la segunda edición de un evento concebido como banco de pruebas para este tipo de tecnologías. El trazado incluyó distintos tipos de terreno, como curvas, pendientes o tramos estrechos, diseñados para poner a prueba la estabilidad y la capacidad de adaptación de los robots en condiciones reales. Los robots pulverizan sus propios récords La mejora de los tiempos respecto a 2025, cuando el robot 'Tiangong', diferente modelo a los 'Shandian', ganó con 2 horas, 40 minutos y 42 segundos, refleja el rápido avance en capacidades como la velocidad, la estabilidad o la gestión energética, en una prueba en la que los mejores registros se situaron ya en torno a los 50 minutos, cerca del récord mundial humano de media maratón, fijado en 57 minutos y 20 segundos, aunque bajo condiciones no equiparables. No es una sorpresa, afirmó un ingeniero del equipo de desarrollo citado por el diario local The Beijing News, que aseguró que estos resultados ya se habían observado en pruebas previas, aunque calificó demuy emocionante el rendimiento logrado en competición. En la categoría humana, el chino Zhao Haijie se impuso en la prueba masculina con un tiempo de 1 hora, 7 minutos y 47 segundos, mientras que Wang Qiaoxia ganó la femenina con 1 hora, 18 minutos y 6 segundos, según datos de la organización.
En los fondos marinos, un pulpo explora, caza y se camufla con una destreza que ningún otro animal logra. Sus brazos, más que simples extremidades, son herramientas multifuncionales capaces de retorcerse, alargarse, acortarse y doblarse al servicio de comportamientos tan variados como cazar un cangrejo, mover piedras o esconderse entre corales. Un solo organismo despliega una flexibilidad que la robótica aún sueña alcanzar. Un equipo internacional de investigadores ha analizado cientos de horas de vídeo de pulpos en hábitats naturales del Caribe y España para entender cómo logran esta coordinación. Lejos de un espectáculo caótico de tentáculos en movimiento, los científicos descubrieron un sistema jerárquico sorprendentemente eficiente: de cuatro deformaciones básicas surgen doce acciones de los brazos, y de esas combinaciones, un amplio repertorio de conductas complejas. Este hallazgo no solo desvela secretos de la biología marina. Los brazos de los pulpos se han convertido en modelo vivo para el diseño de robots blandos, una tecnología que podría revolucionar campos tan distintos como la medicina, la exploración submarina o las operaciones de rescate. Cuatro movimientos para todo un repertorio Los investigadores clasificaron los gestos de los brazos en cuatro deformaciones: acortar, alargar, doblar y torsionar. Aunque parezcan simples, estas “primitivas” pueden combinarse en infinitas variaciones. De movimientos elementales emergen conductas extraordinarias. Durante la observación de 25 pulpos en seis localizaciones distintas, los científicos registraron casi 4.000 acciones de brazos y más de 6.800 deformaciones. Cada tentáculo, independientemente de su posición, fue capaz de ejecutar cualquiera de las deformaciones, pero con cierta especialización. Las partes distales —las más cercanas a las ventosas— eran maestras del doblado, mientras que las zonas proximales, cerca del cuerpo, se especializaban en el alargamiento. Esta organización funcional permite a los pulpos realizar tareas simultáneas con varios brazos: mientras unos exploran, otros sostienen el cuerpo o preparan un ataque. El secreto no está en la fuerza, sino en la coordinación. Inteligencia distribuida bajo el agua A diferencia de los humanos, los pulpos no dependen de un cerebro central que controle cada movimiento. Gran parte de sus neuronas se distribuye en los brazos y las ventosas, lo que les permite reaccionar de forma autónoma y rápida al entorno. Cada brazo piensa por sí mismo, pero trabaja en conjunto. El estudio mostró que las acciones no se reparten de manera aleatoria: los brazos delanteros se emplean más para explorar y alcanzar, mientras que los traseros se encargan de tareas de soporte o locomoción. Esta división parcial del trabajo sugiere que los pulpos optimizan energía y tiempo al mover su cuerpo. Para los ingenieros, este modelo resulta fascinante. Imagina un robot quirúrgico capaz de que cada brazo responda con autonomía, ajustándose en tiempo real a la presión o textura de los tejidos. El control distribuido reduce la necesidad de cálculos centrales complejos, lo que podría simplificar el diseño de máquinas flexibles y eficientes. Un laboratorio en el arrecife Una de las claves de este trabajo es que las observaciones se hicieron en hábitats naturales: arrecifes, praderas marinas, fondos arenosos y zonas de coral. A diferencia de los experimentos en acuarios, los pulpos fueron grabados en plena acción, enfrentándose a la diversidad y el caos del mar. El campo reveló lo que el laboratorio no podía mostrar. Los animales no solo se movían para cazar, sino también para construir refugios, camuflarse con algas o defenderse de depredadores. Cada acción exigía una combinación diferente de deformaciones y brazos, lo que permitió a los científicos construir un “etograma” detallado, una especie de mapa de comportamientos. Este registro exhaustivo mostró que la flexibilidad no es un truco ocasional, sino una estrategia constante. La naturaleza ha perfeccionado durante millones de años un sistema de adaptabilidad extrema. Del mar a los robots blandos Los ingenieros de robótica blanda llevan tiempo inspirándose en los pulpos. Su capacidad de moverse sin huesos rígidos ofrece pistas para diseñar brazos artificiales que puedan operar en espacios reducidos, manipular objetos delicados o moverse entre escombros tras un desastre. El pulpo es un manual viviente para la robótica del futuro. La nueva investigación aporta una ventaja clave: ahora se sabe qué combinaciones básicas dan lugar a conductas complejas. Esto podría traducirse en algoritmos más simples y eficientes para controlar robots blandos. En lugar de programar cada movimiento, bastaría con definir reglas de combinación entre deformaciones básicas. Así, robots médicos podrían intervenir en cirugías mínimamente invasivas con la misma destreza con la que un pulpo extrae un cangrejo de su guarida. Y en el océano, dispositivos inspirados en tentáculos podrían inspeccionar arrecifes frágiles sin dañarlos. La ingeniería empieza a hablar el lenguaje del pulpo. Una revolución flexible por delante El estudio, publicado en Scientific Reports, demuestra que incluso un animal aparentemente enigmático puede ofrecer lecciones prácticas para la tecnología. Los brazos del pulpo nos recuerdan que la simplicidad bien organizada puede superar a la complejidad artificial. Aunque aún queda camino por recorrer —desde materiales capaces de imitar la textura muscular hasta sistemas energéticos que permitan movimientos sostenidos—, el potencial es enorme. Los investigadores sugieren que futuros estudios comparen distintas especies de pulpos, incluidas las de brazos largos y delgados, para ampliar el repertorio de inspiración. La próxima generación de robots podría nacer de la misma lógica que guía a un pulpo en los arrecifes: adaptarse, improvisar y sobrevivir gracias a la flexibilidad. En un futuro no muy lejano, los tentáculos del mar podrían estar operando en quirófanos, explorando planetas o rescatando vidas.
Robots y humanos han vuelto a medirse por segundo año consecutivo en la media maratón celebrada en Pekín en un evento arropado con entusiasmo por el público. La carrera forma parte de la estrategia de China para impulsar la robótica humanoide como industria. El objetivo es realizar las pruebas en entornos reales para acelerar su desarrollo y evaluar su posible aplicación en ámbitos como la asistencia o los servicios. Promover la investigación, la industria y la aplicación a través de la competición es el objetivo central, ha asegurado un responsable del área de desarrollo tecnológico. La carrera ha servido de escaparate para nuevas aplicaciones, como un robot de tráfico que debutó en el recorrido dando indicaciones a los corredores y que las autoridades prevén incorporar de forma progresiva a tareas de gestión urbana. El evento ha combinado robots con navegación autónoma y otros guiados de forma remota, en una competición con clasificación unificada que pondera los resultados según el grado de intervención humana, con el objetivo de incentivar el desarrollo de soluciones capaces de operar sin asistencia. Entre los participantes figuraron también equipos internacionales procedentes de instituciones como la Universidad Técnica de Múnich (Alemania) o la Universidad Paris-Saclay (Francia), además de formaciones conjuntas con Macao y Brasil. Shandian, el primero en llegar Los robots humanoides han rebajado este domingo en casi dos horas la marca del ganador del año pasado en la media maratón de Pekín, donde el equipo autónomo 'Qitian Dasheng' se impuso con un tiempo de 50 minutos y 26 segundos, tras una carrera en la que la máquina más rápida en cruzar la meta compitió bajo control remoto. El robot 'Shandian' (relámpago en chino mandarín), también de la empresa Honor, fue el primero en completar los 21 kilómetros con un tiempo neto de 48 minutos y 19 segundos, a pesar de caerse a apenas 100 metros de la línea de meta, pero su resultado quedó por detrás al aplicarse el coeficiente previsto en el reglamento para los equipos no autónomos, que penaliza su marca en la clasificación final. En concreto, las marcas de los robots controlados a distancia se multiplican por 1,2 en la clasificación, lo que relega su posición frente a los sistemas autónomos con tiempos similares. La prueba, celebrada en el distrito tecnológico de Yizhuang de la capital china, reunió a más de un centenar de equipos de robots humanoides junto a unos 12.000 corredores humanos de acuerdo a la organización, en un recorrido urbano de 21,0975 kilómetros, en la segunda edición de un evento concebido como banco de pruebas para este tipo de tecnologías. El trazado incluyó distintos tipos de terreno, como curvas, pendientes o tramos estrechos, diseñados para poner a prueba la estabilidad y la capacidad de adaptación de los robots en condiciones reales. Los robots pulverizan sus propios récords La mejora de los tiempos respecto a 2025, cuando el robot 'Tiangong', diferente modelo a los 'Shandian', ganó con 2 horas, 40 minutos y 42 segundos, refleja el rápido avance en capacidades como la velocidad, la estabilidad o la gestión energética, en una prueba en la que los mejores registros se situaron ya en torno a los 50 minutos, cerca del récord mundial humano de media maratón, fijado en 57 minutos y 20 segundos, aunque bajo condiciones no equiparables. No es una sorpresa, afirmó un ingeniero del equipo de desarrollo citado por el diario local The Beijing News, que aseguró que estos resultados ya se habían observado en pruebas previas, aunque calificó demuy emocionante el rendimiento logrado en competición. En la categoría humana, el chino Zhao Haijie se impuso en la prueba masculina con un tiempo de 1 hora, 7 minutos y 47 segundos, mientras que Wang Qiaoxia ganó la femenina con 1 hora, 18 minutos y 6 segundos, según datos de la organización.
En los fondos marinos, un pulpo explora, caza y se camufla con una destreza que ningún otro animal logra. Sus brazos, más que simples extremidades, son herramientas multifuncionales capaces de retorcerse, alargarse, acortarse y doblarse al servicio de comportamientos tan variados como cazar un cangrejo, mover piedras o esconderse entre corales. Un solo organismo despliega una flexibilidad que la robótica aún sueña alcanzar. Un equipo internacional de investigadores ha analizado cientos de horas de vídeo de pulpos en hábitats naturales del Caribe y España para entender cómo logran esta coordinación. Lejos de un espectáculo caótico de tentáculos en movimiento, los científicos descubrieron un sistema jerárquico sorprendentemente eficiente: de cuatro deformaciones básicas surgen doce acciones de los brazos, y de esas combinaciones, un amplio repertorio de conductas complejas. Este hallazgo no solo desvela secretos de la biología marina. Los brazos de los pulpos se han convertido en modelo vivo para el diseño de robots blandos, una tecnología que podría revolucionar campos tan distintos como la medicina, la exploración submarina o las operaciones de rescate. Cuatro movimientos para todo un repertorio Los investigadores clasificaron los gestos de los brazos en cuatro deformaciones: acortar, alargar, doblar y torsionar. Aunque parezcan simples, estas “primitivas” pueden combinarse en infinitas variaciones. De movimientos elementales emergen conductas extraordinarias. Durante la observación de 25 pulpos en seis localizaciones distintas, los científicos registraron casi 4.000 acciones de brazos y más de 6.800 deformaciones. Cada tentáculo, independientemente de su posición, fue capaz de ejecutar cualquiera de las deformaciones, pero con cierta especialización. Las partes distales —las más cercanas a las ventosas— eran maestras del doblado, mientras que las zonas proximales, cerca del cuerpo, se especializaban en el alargamiento. Esta organización funcional permite a los pulpos realizar tareas simultáneas con varios brazos: mientras unos exploran, otros sostienen el cuerpo o preparan un ataque. El secreto no está en la fuerza, sino en la coordinación. Inteligencia distribuida bajo el agua A diferencia de los humanos, los pulpos no dependen de un cerebro central que controle cada movimiento. Gran parte de sus neuronas se distribuye en los brazos y las ventosas, lo que les permite reaccionar de forma autónoma y rápida al entorno. Cada brazo piensa por sí mismo, pero trabaja en conjunto. El estudio mostró que las acciones no se reparten de manera aleatoria: los brazos delanteros se emplean más para explorar y alcanzar, mientras que los traseros se encargan de tareas de soporte o locomoción. Esta división parcial del trabajo sugiere que los pulpos optimizan energía y tiempo al mover su cuerpo. Para los ingenieros, este modelo resulta fascinante. Imagina un robot quirúrgico capaz de que cada brazo responda con autonomía, ajustándose en tiempo real a la presión o textura de los tejidos. El control distribuido reduce la necesidad de cálculos centrales complejos, lo que podría simplificar el diseño de máquinas flexibles y eficientes. Un laboratorio en el arrecife Una de las claves de este trabajo es que las observaciones se hicieron en hábitats naturales: arrecifes, praderas marinas, fondos arenosos y zonas de coral. A diferencia de los experimentos en acuarios, los pulpos fueron grabados en plena acción, enfrentándose a la diversidad y el caos del mar. El campo reveló lo que el laboratorio no podía mostrar. Los animales no solo se movían para cazar, sino también para construir refugios, camuflarse con algas o defenderse de depredadores. Cada acción exigía una combinación diferente de deformaciones y brazos, lo que permitió a los científicos construir un “etograma” detallado, una especie de mapa de comportamientos. Este registro exhaustivo mostró que la flexibilidad no es un truco ocasional, sino una estrategia constante. La naturaleza ha perfeccionado durante millones de años un sistema de adaptabilidad extrema. Del mar a los robots blandos Los ingenieros de robótica blanda llevan tiempo inspirándose en los pulpos. Su capacidad de moverse sin huesos rígidos ofrece pistas para diseñar brazos artificiales que puedan operar en espacios reducidos, manipular objetos delicados o moverse entre escombros tras un desastre. El pulpo es un manual viviente para la robótica del futuro. La nueva investigación aporta una ventaja clave: ahora se sabe qué combinaciones básicas dan lugar a conductas complejas. Esto podría traducirse en algoritmos más simples y eficientes para controlar robots blandos. En lugar de programar cada movimiento, bastaría con definir reglas de combinación entre deformaciones básicas. Así, robots médicos podrían intervenir en cirugías mínimamente invasivas con la misma destreza con la que un pulpo extrae un cangrejo de su guarida. Y en el océano, dispositivos inspirados en tentáculos podrían inspeccionar arrecifes frágiles sin dañarlos. La ingeniería empieza a hablar el lenguaje del pulpo. Una revolución flexible por delante El estudio, publicado en Scientific Reports, demuestra que incluso un animal aparentemente enigmático puede ofrecer lecciones prácticas para la tecnología. Los brazos del pulpo nos recuerdan que la simplicidad bien organizada puede superar a la complejidad artificial. Aunque aún queda camino por recorrer —desde materiales capaces de imitar la textura muscular hasta sistemas energéticos que permitan movimientos sostenidos—, el potencial es enorme. Los investigadores sugieren que futuros estudios comparen distintas especies de pulpos, incluidas las de brazos largos y delgados, para ampliar el repertorio de inspiración. La próxima generación de robots podría nacer de la misma lógica que guía a un pulpo en los arrecifes: adaptarse, improvisar y sobrevivir gracias a la flexibilidad. En un futuro no muy lejano, los tentáculos del mar podrían estar operando en quirófanos, explorando planetas o rescatando vidas.